El departamento era todo lo que hubiera podido pedir: tenía una mesa de madera y lugar para sus libros. Un tubo que iba de extremo a extremo del departamento, perfecto para colgar vestidos. El colchón era de esos en lo que se puede saltar y sentir que vuelas. Casi inmediatamente ella llenó el departamento de macetas y floreros, incluso las tazas de té se volvieron hogar de flores rarísimas. ¡El baño era enorme! Contaba con una tina vieja y un espacio que podía ser utilizado como vestidor, casi todas las paredes eran adornadas con espejos y alguno que otro cuadro olvidado por el dueño anterior. La cocina era verde y contaba con un aparatito que convertía las naranjas en jugo. Ella era del tipo de mujer que no necesita mucho para sonreír: una toalla gorda para secarse después del baño, su edición especial del Principito, lechuga y flores moradas en la mesa. ¡Ese departamento parecía hecho a su medida!
El único detalle es que no se podía hablar dentro de él.
No es que no se escuchara la voz, simplemente era una regla que se había puesto mucho tiempo atrás y que había que respetar. A ella no le importaba, pero se quedó pensando en la vida de una pareja con niños en la que la mamá no puede gritar que se sienten a comer ya, ahora, en este momento y todas las verduras; y la vida de los niños que no pueden decir después; y la vida del marido que no puede decir ahora ni pásame la sal.
La idea le robó una sonrisa; su infancia estaba cargada de tantas voces que le costaba trabajo recordar las caras y los besos. De repente se sintió profundamente feliz, era el lugar perfecto para su nuevo inicio.
Lo bueno de estar sola es que no necesitas cargar con palabras y la vida se vuelve más liviana.