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domingo, 26 de mayo de 2013

Llorar en la regadera

(Poema para leerse en voz alta)


Quiero bañarme para poder llorar; llorar en público es demasiado complicado y la regadera siempre se preocupa por crear un ambiente propicio para el llanto.
Cuando lloras en la regadera no tienes que preocuparte de las lágrimas, si caen o no, el ritmo y la frecuencia en la que caen, ¡nada! Tampoco tienes que preocuparte por hacer los gestos de dolor, tipicos del llanto en público, creíbles. No, llorar en la regadera es mucho más intimo. Es llorar contigo misma sin la presión de que el maquillaje se corra estéticamente, de la posición que tu cuerpo adopta, del hombro en el que tu cabeza se va a recostar. Llorar en público requiere un alto nivel de concentración y atención a los detalles. ¡Es agotador!

Por eso yo lloro exclusivamente en la regadera, para concentrarme en ti y no en mi forma de llorar.

Necesidad de gritar

Las siguientes entradas tendrán que leerse en voz alta respetando siempre los signos de puntuación. O no.

jueves, 25 de abril de 2013

Un día quiso encontrarse con él

Iba rápido, rapidísimo como una niña.
Con ganas de dejarlo atrás pero de alcanzarlo.
Ella corría para llegar a tiempo pero también para escapar de lo que todos los libros de historia hubieran marcado como un encuentro erróneo.
El efecto fue de resorte, si no hubiera sido por las rodillas raspadas, hubiera jurado que esa caída nunca había pasado.
Eso le sucedía por andar rompiendo sus propias reglas, respirando el mismo aire, repitiendo las calles, las historias, las ganas que alguna vez habían sido tan reales.
Pero el piso como siempre, le recordó que todo lo que tenía que ver con él terminaba así: fingiendo estar bien y con las rodillas gritando a corazón abierto.
Ninguno de los dos llegó al encuentro, pero su piel le recordó que todavía podía doler.
Fingiendo que podía caminar como si nada de eso hubiera pasado, se juró no volver a jurar un nunca.

lunes, 15 de abril de 2013

Dejó la ventana abierta y la gripa entró

Así empezó todo, esas sonrisas de un día que dejan abierta la ventana le contagiaron una gripa rarísima. No sabía muy bien la política de estornudos en su departamento así que decidió bajar al café de la esquina.
Cuando el mesero le preguntó qué quería, entendió que no quería explicar cómo le gusta el café, ni el porqué no le gusta la cebolla y menos, la razón por la que nunca aceptaría un pan dulce sin que lo calentaran.
No es que no hubiera explicaciones, sólo no quería explicarlas. Corrió a su departamento segura de que el silencio nunca le iba a preguntar nada y se tomó un té.

sábado, 9 de marzo de 2013

Desaparecer es esconderse con alas

Ella no quería ser encontrada en su nuevo mundo, no quería que él viera que por fin era feliz, que había encontrado el silencio que tanto buscaba, que por fin estaba de pie, que sonreía al verse en el espejo. No, no quería que él supiera que ella siempre tendría que cargar con ella misma; no se podía dejar olvidada como él dejó olvidada una chamarra antes de irse, como él había olvidado decirle que estaba iniciando el proceso de olvidarla y como él había olvidado mencionar que había una fuga en la cocina.

Ella, la que él tanto había odiado, nunca podría dejarse a sí misma y por lo tanto, él siempre podría encontrarla.

La solución era sencilla: se volvería invisible.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Cargar con la promesa de ser extraordinaria

La promesa era pesada e incomoda de cargar pero era de un color hermoso y brillaba muchísimo. La intentó meter en su bolsa pero era tan grande que no cabía. Intentó arrastrarla por el piso pero entre tanto polvo, corría el riesgo de no encontrarla nunca ¡y eso la aterraba! Era una promesa hermosa, muy incomoda y pesaba muchísimo.

Finalmente la decidió colocar en su hombro derecho, el hombro derecho siempre carga con promesas.

Tomar la decisión

Todo iba bien: su casa guardaba silencio, las escaleras la hacían sentir más alta, el café de la mañana y la presión de la regadera le ayudaban a volver a sentir y sus vestidos, tan estratégicamente colgados en un tubo que recorría todo el departamento, le ayudaban a enfocar su atención en dibujar tardes con tintes de té de tila.

Todo era casi perfecto. Casi porque faltaban besos y por las hormigas; ¡Eran demasiadas! Empezaron en un rincón de la casa, luego encontraron el pedazo de pan tostado que había caído de su boca. Se apoderaron de la sala y poco a poco encontraron refugio en sus libros; eran gordos, viejos y llenos de historias en donde las hormigas hubieran podido jugar un papel importante. Hubieran porque ellas no juegan, ellas invadían un espacio que era de ella y en donde ni siquiera podía gritarles que se fueran.


La decisión la tomó un jueves a las seis con cuatro minutos de la mañana en la primer sorbo de café. La taza estaba llena de cadáveres de hormigas. Hasta parecían gordas por la cantidad de café que habían absorbido. Ella se quedó mirando la taza fijamente y fue cuando se lo prometió: ella sería extraordinaria.