Ella se acordó de eso que no quería recordar. Se acordó del lugar exacto en donde había guardo a su fantasma, a ese secreto que juraba la iba a destruir en silencio y sin tacto. Ella en algún momento de su vida, más niña que adulta, platicando con su almohada, había creído conocer la razón de su tristeza: era un fantasma sin cara y sin cuerpo que la vio a los ojos y no parpadeó. Ella casi se pierde en lo profundo de su mirada. ¡El color la aterró! ¡La profundidad le dio vértigo! Tenía una cara invisible y horrible, un nombre impronunciable, un cuerpo que no se sentía pero que pesaba. Un fantasma que la amenazó en silencio, que respiró en su oído y que se acercó a su boca pero nunca la besó. El miedo la paralizó y lo único que pudo hacer fue esconderlo, encerrarlo bajo llave en un lugar que juró nunca iba a recordar. Ella siempre había podido manipular a su memoria.
Pero hoy el aire era distinto y el no-olvido era la llave para dejar a su fantasma en libertad.
Sintió curiosidad y lástima por aquel ente sin cara y sin cuerpo ¡tanto tiempo solo y escondido! Alejado de ella, su razón de ser. Se acercó con cautela, tenía miedo pero quería verlo a los ojos, perderse en lo profundo y explicarle sus razones. Decirle que había sido muy tonta para entender y demasiado niña para besar. La tristeza no se digiere tan rápido y para los besos se requiere fuerza, fuerza que ella no tenía. Fueron sus piernas temblorosas y las pocas ganas de sentir las causantes de todo: un fantasma aterrador sin razón de ser guardado en una caja escondida en el closet del cuarto de su hermano.
Cuando se acercó para abrirla, el corazón se le rompió en pedazos: su fantasma ya no estaba ahí.
Mar
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martes, 8 de julio de 2014
jueves, 23 de enero de 2014
Tu vida adentro
No puedes mirar a la muerte, y verla a través de lágrimas. No trates de sacarle explicaciones con la nariz llena de mocos y palabras atoradas en la garganta. Ella sólo se reirá en tu cara, y para comprobar lo pequeño que es el llanto, irá a matar a alguien como a tu hermano.
Con la muerte no platicas. Cuando veas a la muerte cerca, saca un vestido bonito del clóset y cierra todas las puertas: estómago duro, dientes y puños apretados; tu vida adentro—bien guardada—, y la boca cerrada (no vaya a ser que se escape en palabras).
No puedes mirar a la muerte, pero puedes enseñarle que tú sigues viva; y el hecho de que se lo lleve a él no lo cambia, al menos, por ahorita.
domingo, 26 de mayo de 2013
Aprender a soltar
(Poema para leerse en voz alta)
Si nuestra historia fuera una línea no tendría sentido. Iría y vendría, daría miles de vueltas, trataría de ser parte de otras líneas pero nunca podría dejar la cola que ya tiene detrás. Si nuestra historia fuera la línea que un lápiz dejó en el papel, el sinsentido quedaría gráficamente plasmado pero nadie entendería qué clase de línea es. O qué dibujo quería llegar a ser (las líneas siempre buscan ser algo más).
Una línea, dice la Real Academia de la Lengua Española, es una sucesión continua e indefinida de puntos en la sola dimensión de la longitud. Una historia que se cuenta en sucesiones continuas de puntos, como la nuestra, es una historia que nunca podrá soltar su pasado, no podría porque dejaría de ser línea y se convertiría en un punto. O en nada.
Por eso, soltarte significa dejar de ser esa historia ya plasmada en un papel para convertirme en el inicio (un punto) de otra línea, que puede o no, convertirse en otra cosa: una boa tragándose un elefante, quizá.
Soltarte es soltarme y no puedo. Es una de esas pocas cosas que sé, con certeza, son verdad. (También sé que es algo tristísimo).
Así que si un día te das cuenta de que eres un punto solitario, sin nada detrás y con una trayectoria incierta, no te preguntes ni dramatices el porqué. Simplemente significa que tú sí pudiste soltarme y que yo tendré que inventar otra forma de explicarnos.
Si nuestra historia fuera una línea no tendría sentido. Iría y vendría, daría miles de vueltas, trataría de ser parte de otras líneas pero nunca podría dejar la cola que ya tiene detrás. Si nuestra historia fuera la línea que un lápiz dejó en el papel, el sinsentido quedaría gráficamente plasmado pero nadie entendería qué clase de línea es. O qué dibujo quería llegar a ser (las líneas siempre buscan ser algo más).
Una línea, dice la Real Academia de la Lengua Española, es una sucesión continua e indefinida de puntos en la sola dimensión de la longitud. Una historia que se cuenta en sucesiones continuas de puntos, como la nuestra, es una historia que nunca podrá soltar su pasado, no podría porque dejaría de ser línea y se convertiría en un punto. O en nada.
Por eso, soltarte significa dejar de ser esa historia ya plasmada en un papel para convertirme en el inicio (un punto) de otra línea, que puede o no, convertirse en otra cosa: una boa tragándose un elefante, quizá.
Soltarte es soltarme y no puedo. Es una de esas pocas cosas que sé, con certeza, son verdad. (También sé que es algo tristísimo).
Así que si un día te das cuenta de que eres un punto solitario, sin nada detrás y con una trayectoria incierta, no te preguntes ni dramatices el porqué. Simplemente significa que tú sí pudiste soltarme y que yo tendré que inventar otra forma de explicarnos.
miércoles, 6 de marzo de 2013
Tomar la decisión
Todo iba bien: su casa guardaba silencio, las escaleras la hacían sentir más alta, el café de la mañana y la presión de la regadera le ayudaban a volver a sentir y sus vestidos, tan estratégicamente colgados en un tubo que recorría todo el departamento, le ayudaban a enfocar su atención en dibujar tardes con tintes de té de tila.
Todo era casi perfecto. Casi porque faltaban besos y por las hormigas; ¡Eran demasiadas! Empezaron en un rincón de la casa, luego encontraron el pedazo de pan tostado que había caído de su boca. Se apoderaron de la sala y poco a poco encontraron refugio en sus libros; eran gordos, viejos y llenos de historias en donde las hormigas hubieran podido jugar un papel importante. Hubieran porque ellas no juegan, ellas invadían un espacio que era de ella y en donde ni siquiera podía gritarles que se fueran.
La decisión la tomó un jueves a las seis con cuatro minutos de la mañana en la primer sorbo de café. La taza estaba llena de cadáveres de hormigas. Hasta parecían gordas por la cantidad de café que habían absorbido. Ella se quedó mirando la taza fijamente y fue cuando se lo prometió: ella sería extraordinaria.
Todo era casi perfecto. Casi porque faltaban besos y por las hormigas; ¡Eran demasiadas! Empezaron en un rincón de la casa, luego encontraron el pedazo de pan tostado que había caído de su boca. Se apoderaron de la sala y poco a poco encontraron refugio en sus libros; eran gordos, viejos y llenos de historias en donde las hormigas hubieran podido jugar un papel importante. Hubieran porque ellas no juegan, ellas invadían un espacio que era de ella y en donde ni siquiera podía gritarles que se fueran.
La decisión la tomó un jueves a las seis con cuatro minutos de la mañana en la primer sorbo de café. La taza estaba llena de cadáveres de hormigas. Hasta parecían gordas por la cantidad de café que habían absorbido. Ella se quedó mirando la taza fijamente y fue cuando se lo prometió: ella sería extraordinaria.
lunes, 25 de febrero de 2013
Lista de una cosa
Ella ya no quería respirar el mismo aire, últimamente sus pulmones estaban llenos de polvo y en su garganta se habían alojado algunas bolitas, ya duras, de lodo. Le costaba trabajo respirar, necesitaba espacio y probablemente un beso.
Decidió tomar precauciones para ya no toparse con el mismo aire de frente, tan directo, (esta lista también fue considerada para aumentar las probabilidades de dar un beso).
1- Ya no caminaría por ningún lugar por el que hubiera caminado antes.
Decidió tomar precauciones para ya no toparse con el mismo aire de frente, tan directo, (esta lista también fue considerada para aumentar las probabilidades de dar un beso).
1- Ya no caminaría por ningún lugar por el que hubiera caminado antes.
Regla #1
Ella estaba cansada de haber estado tirada en el piso tanto tiempo. Por lo tanto, de ahora en adelante: sólo subiría escaleras, nunca las bajaría.
domingo, 9 de septiembre de 2012
Un lugar
El lugar era oscuro, un poco húmedo y lleno de polvo. Era ese lugar al que desde chiquita, me habían dicho que tenía que temer. Un lugar lleno de ratas y de cosas que antes habían sido y ya no eran nada.
Me desconcertaba no estar aterrada, mis ojos se habían acostumbrado a la oscuridad y después de tantísima luz, por fin, ya podía ver.
El lugar era horrible y había unos estantes que guardaban
mechones de pelo,
tu pie izquierdo,
la cobija del hotel que alguna vez usamos y
tus ojos...
Ya no se distinguía el verde sino que habían adoptado un tono rojizo, supongo, por las venas reventadas a la hora de sacártelos. Eso no quitaba la certeza de que eran tuyos y el efecto que tus ojos siempre han tenido sobre mí.
Tus manos estaban guardadas en un cajón que no quise abrir; el tacto es una barrera que ya no estoy dispuesta a cruzar.
Era raro estar en un lugar con tantos pedazos de algo que antes me había robado la razón, pero la idea de saber que eran sólo pedazos y no un cuerpo completo con voluntad y palabras hirientes, hacía que no tuviera miedo de tenerte tan cerca.
Cortarte en pedazos chiquitos y guardarlos en cajones siempre ayuda; cortar tus dedos, hasta me robó una sonrisa.
Espero que no empiece a oler mal; Las nauseas siempre me recordarán que alguna vez quise besarte para siempre.
(Tu boca es algo que preferí guardar bajo llave. La explicación sobra)
Me desconcertaba no estar aterrada, mis ojos se habían acostumbrado a la oscuridad y después de tantísima luz, por fin, ya podía ver.
El lugar era horrible y había unos estantes que guardaban
mechones de pelo,
tu pie izquierdo,
la cobija del hotel que alguna vez usamos y
tus ojos...
Ya no se distinguía el verde sino que habían adoptado un tono rojizo, supongo, por las venas reventadas a la hora de sacártelos. Eso no quitaba la certeza de que eran tuyos y el efecto que tus ojos siempre han tenido sobre mí.
Tus manos estaban guardadas en un cajón que no quise abrir; el tacto es una barrera que ya no estoy dispuesta a cruzar.
Era raro estar en un lugar con tantos pedazos de algo que antes me había robado la razón, pero la idea de saber que eran sólo pedazos y no un cuerpo completo con voluntad y palabras hirientes, hacía que no tuviera miedo de tenerte tan cerca.
Cortarte en pedazos chiquitos y guardarlos en cajones siempre ayuda; cortar tus dedos, hasta me robó una sonrisa.
Espero que no empiece a oler mal; Las nauseas siempre me recordarán que alguna vez quise besarte para siempre.
(Tu boca es algo que preferí guardar bajo llave. La explicación sobra)
lunes, 27 de agosto de 2012
De cuando una amanece con ganas de hacer cosas
Abrió los ojos a las cuatro cuarenta y seis de la mañana, tenía calor pero frío en los pies. Se sentía rara; Estaba convencida de que mientras dormía, algo en el mundo había cambiado. ¡En su mundo! Era rarísimo el sentimiento que la acompañaba: la cabeza no le dolía y sus ojos estaban secos, sus piernas no temblaban y el sudor era a causa de las sábanas y no del miedo que da cuando se pierden las ideas, sobre todo las que llegan de repente a contrarrestar las que nos joden la vida.
¿Sería que por fin ya no estaba triste?
Algo adentro de su cuerpo había sanado. Algo que estaba mal ya estaba bien. Entonces,
las ganas de salir al mundo la invadieron, quería, con todas sus fuerzas, pararse de la cama, meterse a la regadora, preparar el café, tender la cama, elegir la ropa, escribir un cuento… ¡AHHHHHHH! Todas esas cosas y las ganas, ¡las ganas de hacerlas! la aterraron.
Estar rota era su única excusa para guardarse en una caja y protegerse, para que el café estuviera frio y no le quemara la lengua, para caminar lento y no tropezarse, para llorar tanto que nunca existiera la mínima posibilidad de quedarse seca. (Ella sabía que la sequía, sería la verdadera tragedia de su vida. Se lo había dicho alguien que ya no lloraba nunca, noches atrás, en un sueño)
Es verdad que ella se había roto hace mucho tiempo, pero el hecho de que la herida se hubiera cerrado solo podía significar una cosa: era tiempo de abrir otra.
¿Sería que por fin ya no estaba triste?
Algo adentro de su cuerpo había sanado. Algo que estaba mal ya estaba bien. Entonces,
las ganas de salir al mundo la invadieron, quería, con todas sus fuerzas, pararse de la cama, meterse a la regadora, preparar el café, tender la cama, elegir la ropa, escribir un cuento… ¡AHHHHHHH! Todas esas cosas y las ganas, ¡las ganas de hacerlas! la aterraron.
Estar rota era su única excusa para guardarse en una caja y protegerse, para que el café estuviera frio y no le quemara la lengua, para caminar lento y no tropezarse, para llorar tanto que nunca existiera la mínima posibilidad de quedarse seca. (Ella sabía que la sequía, sería la verdadera tragedia de su vida. Se lo había dicho alguien que ya no lloraba nunca, noches atrás, en un sueño)
Es verdad que ella se había roto hace mucho tiempo, pero el hecho de que la herida se hubiera cerrado solo podía significar una cosa: era tiempo de abrir otra.
lunes, 11 de junio de 2012
De quereres
Ella no sabía qué quería.
Quería soñar pero no quería cerrar los ojos.
Quería volar pero no quería alejarse de sus raíces.
Lo quería a él pero no quería quererlo.
Los quereres suelen ser muy ruidosos cuando se encuentran encerrados; chocan con las paredes y causan algo que podría ser o no llamado un grito. Y como cualquier grito…
Confunden.
Los quereres son obscuros y asustan. Se esconden en el closet y debajo de la cama. Y por si no fuera suficiente, los quereres de ella tenían garras y se aferraban a sus ojos.
A sus ganas.
Son de esos quereres que no se van hasta que dejas de quererlos.
Y eso casi nunca pasa.
(Pasó una vez hace mucho,
contigo).
Quería soñar pero no quería cerrar los ojos.
Quería volar pero no quería alejarse de sus raíces.
Lo quería a él pero no quería quererlo.
Los quereres suelen ser muy ruidosos cuando se encuentran encerrados; chocan con las paredes y causan algo que podría ser o no llamado un grito. Y como cualquier grito…
Confunden.
Los quereres son obscuros y asustan. Se esconden en el closet y debajo de la cama. Y por si no fuera suficiente, los quereres de ella tenían garras y se aferraban a sus ojos.
A sus ganas.
Son de esos quereres que no se van hasta que dejas de quererlos.
Y eso casi nunca pasa.
(Pasó una vez hace mucho,
contigo).
viernes, 3 de febrero de 2012
Vestida de encaje
Ella se levantó y supo inmediatamente que se había convertido en un fantasma. Ya no se acordaba de su nombre, de su rostro y menos de sus pestañas. Había perdido totalmente la capacidad de reconocerse en una multitud y cada vez que intentaba encontrarse en el espejo, sentía unas ganas inmensas de llorar.
Supongo que no causó sorpresa que se convirtiera en un fantasma. Ella nunca fue de las que ejercen peso en el mundo y menos de las que hablan alto. Esa siempre fue la razón principal de sus despedidas.
Dicen que las cosas que valen la pena son las que tienen un peso: El cariño, los te quieros, el tan anhelado “Te amo” que cuando te cae encima es capaz de matarte. Pero ella no sabía de eso, ella sólo conocía la ligereza de sus lágrimas. Si llenaras una cubeta con aquellas gotas, sería la cubeta más ligera de la historia.
Ser ligera estaba en su esencia y esa es la clase de personas dignas de convertirse en fantasmas: Fantasmas de encaje, de besos fríos y de aire.
También se les conoce como Recuerdos.
Supongo que no causó sorpresa que se convirtiera en un fantasma. Ella nunca fue de las que ejercen peso en el mundo y menos de las que hablan alto. Esa siempre fue la razón principal de sus despedidas.
Dicen que las cosas que valen la pena son las que tienen un peso: El cariño, los te quieros, el tan anhelado “Te amo” que cuando te cae encima es capaz de matarte. Pero ella no sabía de eso, ella sólo conocía la ligereza de sus lágrimas. Si llenaras una cubeta con aquellas gotas, sería la cubeta más ligera de la historia.
Ser ligera estaba en su esencia y esa es la clase de personas dignas de convertirse en fantasmas: Fantasmas de encaje, de besos fríos y de aire.
También se les conoce como Recuerdos.
martes, 20 de diciembre de 2011
Aprender a volar
Lo primero es cerrar los ojos, apretarlos con fuerza, como si el hecho de tenerlos cerrados fuera el remedio a la realidad, al odio, al rechazo. Después hay que imaginarnos. Sí, a nosotras. Imaginarnos de chiquitas. Sonriendo. Justo en el momento de completa felicidad que se siente al ver las cortinas moviéndose por el viento o al escuchar a nuestra madre gritando groserías por quemarse con la sopa. Esas memorias siempre se olvidan y son esenciales en la vida etérea. Vida de nubes y del uso opcional de zapatos, ¡es que hay unos tan lindos que sería una lástima no poder usarlos! Después…
*Tengo que advertir que la vida de las mujeres que vuelan no es tan sencilla como se puede llegar a pensar, no es solamente recorrer el mundo entero, haciendo escalas en París. Tampoco me refiero a a las ganas de cruzar la atmosfera para intentar llegar a otros planetas ¡eso es sencillo! Se aprende en los primeros meses. No, no, lo complicado radica en los fantasmas. Ellos también vuelan. El problema es que son ciegos y nosotras despistadas. Pensando en el camino para llegar a Tokio y en lo lindo que es el color del cielo a las 5:34 de la tarde, podemos chocar con uno y eso es terrible. No solamente el dolor es casi inaguantable, sino que las ganas se mueven y el veneno de los fantasmas (que no sacan por malos, sino en defensa del golpe recibido) puede ocasionar que recordemos el porqué quisimos, inicialmente, aprender a volar. Siempre es por algún amor fallido, exceso de lágrimas y ganas de huir.
Ahora sí, si conociendo esto, decides que aún quieres unirte al club de mujeres etéreas, después de imaginar, tienes que saltar.
*Tengo que advertir que la vida de las mujeres que vuelan no es tan sencilla como se puede llegar a pensar, no es solamente recorrer el mundo entero, haciendo escalas en París. Tampoco me refiero a a las ganas de cruzar la atmosfera para intentar llegar a otros planetas ¡eso es sencillo! Se aprende en los primeros meses. No, no, lo complicado radica en los fantasmas. Ellos también vuelan. El problema es que son ciegos y nosotras despistadas. Pensando en el camino para llegar a Tokio y en lo lindo que es el color del cielo a las 5:34 de la tarde, podemos chocar con uno y eso es terrible. No solamente el dolor es casi inaguantable, sino que las ganas se mueven y el veneno de los fantasmas (que no sacan por malos, sino en defensa del golpe recibido) puede ocasionar que recordemos el porqué quisimos, inicialmente, aprender a volar. Siempre es por algún amor fallido, exceso de lágrimas y ganas de huir.
Ahora sí, si conociendo esto, decides que aún quieres unirte al club de mujeres etéreas, después de imaginar, tienes que saltar.
viernes, 9 de diciembre de 2011
Amanecí extraña
En lugar de mis pies sólo distinguía el recuerdo de una guerra a muerte. Una guerra sin sentido en donde mi calcetín izquierdo resultó herido. Nueve de mis dedos eran besos y uno ¡despistado! seguía siendo un dedo. Mis piernas ya no eran piernas sino la idea de tus manos sobre ellas. Más arriba no había nada. Sólo dos o tres lágrimas perdidas en busca de un mejor clima.
Mi estomago vacío. Daba una sensación parecida a la que se siente cuando se muere la abuela: un hoyo. Mis senos apenas se lograban percibir, era un asunto de niebla (como la que me esconde de ti cuando no quiero que me encuentres). Mis hombros se convirtieron en aquel masaje que acabó en cosquillas y de mis codos sólo quedó lo áspero. Pero no fue hasta que vi el lugar en donde debía estar mi mano izquierda que me invadió el hartazgo del recuerdo. Había una mano, eso no lo puedo negar, pero una mano distinta, más grande que la mía. Una mano increíblemente más dañina: la tuya.
El espectáculo de mi mano derecha fue igual de triste; mis dedos buscaban nuestro trato y aunque no tuvieran lágrimas yo sé que lloraban, no dos, ni tres… sino lloraban.
Sentí miedo. Terror de verme en el espejo y comprobar que de mis ojos sólo quedaba el recuerdo de un mar y de mis labios sólo las ganas de nadar. Pero me consoló ver mi pelo largo, un poco más rubio y con la trenza que sé…
odiabas.
Mi estomago vacío. Daba una sensación parecida a la que se siente cuando se muere la abuela: un hoyo. Mis senos apenas se lograban percibir, era un asunto de niebla (como la que me esconde de ti cuando no quiero que me encuentres). Mis hombros se convirtieron en aquel masaje que acabó en cosquillas y de mis codos sólo quedó lo áspero. Pero no fue hasta que vi el lugar en donde debía estar mi mano izquierda que me invadió el hartazgo del recuerdo. Había una mano, eso no lo puedo negar, pero una mano distinta, más grande que la mía. Una mano increíblemente más dañina: la tuya.
El espectáculo de mi mano derecha fue igual de triste; mis dedos buscaban nuestro trato y aunque no tuvieran lágrimas yo sé que lloraban, no dos, ni tres… sino lloraban.
Sentí miedo. Terror de verme en el espejo y comprobar que de mis ojos sólo quedaba el recuerdo de un mar y de mis labios sólo las ganas de nadar. Pero me consoló ver mi pelo largo, un poco más rubio y con la trenza que sé…
odiabas.
viernes, 7 de octubre de 2011
De cosas que no están en su lugar…
A veces es el aire
el que desacomoda las cosas: las cortinas, el cabello, los árboles. Incluso las cenizas tan correctamente colocadas en el cenicero.
A veces son los suspiros, a veces es la muerte, a veces el amor, las lágrimas, los recuerdos…
¡Cualquier cosa puede desacomodar el alma!
Incluso un parpadeo.
El cambio fue imperceptible; ni ella, ni su hermano, ni su madre se dieron cuenta en el momento. Fue hasta unos meses después cuando empezaron a notar que algo no estaba en su lugar. Su cama siempre estaba destendida y con las sábanas tiradas, las cortinas colgadas al revés (es decir, del lado de la calle), los zapatos de tacón empolvados y guardados en el cajón de calcetines, el maquillaje, las cremas… ¡todo parecía abandonado! Pero lo más alarmante fue la sonrisa, ella sonreía todo el tiempo: una sonrisa triste y de ojos húmedos.
Su madre fue la primera en diagnosticar: el alma de su hija no estaba en su lugar. “Chueca” fue la palabra para explicar el no tan raro suceso a la abuela y a los amigos que todavía quedaban.
-¡Cuidado con el aire! Les gritaban - Enchueca.
Y poco a poco, todos se guardaron en sus casas a rezar para que nunca se les enchuecara el alma. ¡Qué tragedia la de ella! Pero era de ella, no de ellos…
…
La única que no entendía con exactitud el concepto del alma-chueca era yo. Me despertaba como todos los días, tomaba el camión, leía, iba al trabajo… incluso me bañaba diario. No entendía la necesidad de los psicólogos, de las medicinas y definitivamente no comprendía el porqué de las miradas de asombro y lastima.
Sucedió cuando estaba desnuda y saliendo de la regadera me encontré de frente con la respuesta. Vi mi sonrisa en el espejo y por un fragmento de segundo, comprendí la desgracia de tener el alma chueca.
el que desacomoda las cosas: las cortinas, el cabello, los árboles. Incluso las cenizas tan correctamente colocadas en el cenicero.
A veces son los suspiros, a veces es la muerte, a veces el amor, las lágrimas, los recuerdos…
¡Cualquier cosa puede desacomodar el alma!
Incluso un parpadeo.
El cambio fue imperceptible; ni ella, ni su hermano, ni su madre se dieron cuenta en el momento. Fue hasta unos meses después cuando empezaron a notar que algo no estaba en su lugar. Su cama siempre estaba destendida y con las sábanas tiradas, las cortinas colgadas al revés (es decir, del lado de la calle), los zapatos de tacón empolvados y guardados en el cajón de calcetines, el maquillaje, las cremas… ¡todo parecía abandonado! Pero lo más alarmante fue la sonrisa, ella sonreía todo el tiempo: una sonrisa triste y de ojos húmedos.
Su madre fue la primera en diagnosticar: el alma de su hija no estaba en su lugar. “Chueca” fue la palabra para explicar el no tan raro suceso a la abuela y a los amigos que todavía quedaban.
-¡Cuidado con el aire! Les gritaban - Enchueca.
Y poco a poco, todos se guardaron en sus casas a rezar para que nunca se les enchuecara el alma. ¡Qué tragedia la de ella! Pero era de ella, no de ellos…
…
La única que no entendía con exactitud el concepto del alma-chueca era yo. Me despertaba como todos los días, tomaba el camión, leía, iba al trabajo… incluso me bañaba diario. No entendía la necesidad de los psicólogos, de las medicinas y definitivamente no comprendía el porqué de las miradas de asombro y lastima.
Sucedió cuando estaba desnuda y saliendo de la regadera me encontré de frente con la respuesta. Vi mi sonrisa en el espejo y por un fragmento de segundo, comprendí la desgracia de tener el alma chueca.
lunes, 19 de septiembre de 2011
Despedidas
Nadie entiende por qué es tan difícil para ella despedirse de sus fantasmas. Por qué, antes de cerrar los ojos y ofrecerse a la lucha de dormir o no dormir, les da las buenas noches. El mundo le sigue explicando que no es bueno darles de beber tanto; alcanzan tamaños inauditos y luego ya no se pueden esconder debajo de la cama o de la almohada. ¡Niña! los fantasmas son de uno, propios, personales. Son como un secreto: deben de mantener el tamaño justo para esconderse con facilidad.
Ella no entiende por qué quiere tanto a sus fantasmas, a uno en particular que desde muy niña, la hace llorar casi diario,
a veces no.
Quizá porque crecieron juntos: el fantasma que nació del miedo a quedarse sola y ese miedo es el primer miedo que se siente.
Nadie entiende por qué ciertas noches ella abre la ventana en espera de ese movimiento de cortinas que anuncia que entraron a su cuarto, a su cama y que el grito y el suspiro no tardan. Tampoco las lágrimas.
Los fantasmas nacen y como cualquiera, son pequeños y no asustan. El problema es que los deja crecer: los alimenta, los arropa, les cuenta historias para que nunca la dejen.
(tiempo para un adiós)
Lo extrañará (extrañar es muy de ella).
Pero es que creció tanto...
que explotó.
Ella no entiende por qué quiere tanto a sus fantasmas, a uno en particular que desde muy niña, la hace llorar casi diario,
a veces no.
Quizá porque crecieron juntos: el fantasma que nació del miedo a quedarse sola y ese miedo es el primer miedo que se siente.
Nadie entiende por qué ciertas noches ella abre la ventana en espera de ese movimiento de cortinas que anuncia que entraron a su cuarto, a su cama y que el grito y el suspiro no tardan. Tampoco las lágrimas.
Los fantasmas nacen y como cualquiera, son pequeños y no asustan. El problema es que los deja crecer: los alimenta, los arropa, les cuenta historias para que nunca la dejen.
(tiempo para un adiós)
Lo extrañará (extrañar es muy de ella).
Pero es que creció tanto...
que explotó.
sábado, 10 de septiembre de 2011
Polvo
Mi casa fue tomada por el polvo. Es demasiado y muy oscuro. Pesa en el alma. Ya abrí las ventanas, saqué la aspiradora ¿qué más puedo hacer para que se vaya?
Le grité: ¡vete! y le lloré 3456 lágrimas para ver si se hartaba.
Se apoderó de cada rincón y de cada cajón. Las puertas hay que empujarlas porque el polvo es tanto, que no te deja entrar a las habitaciones, de salir mejor ni hablar. En la mañanas renuncié al café, el polvo se metió en la taza roja y es casi imposible diluirlo con el agua. Mi ropa es gris y los espejos no reflejan. El polvo cada día se vuelva más y esconde las fotografías, las cartas, los recuerdos que lastiman.
Quizás algún día no me deje respirar y entonces sí, saltaré por la ventana. ¡volar!
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miércoles, 25 de mayo de 2011
Una idea
La idea es azul y brilla. Llegó hace un rato, iba en el camión y de repente, cual pasajero, ingresó en mi cabeza: No te necesito, estoy bien (un poco chueca por el golpe, pero bien). La idea se fue directamente a mi estomago, ahí encontró a todas las mariposas muertas y se dio cuenta de que sólo estaban dormidas. Cansadas de tanto tiempo sin volar. La idea las despertó y salieron de mi cuerpo: dos por mi boca, tres por la oreja izquierda y una por la nariz. Fue lindo verlas volar y alejarse de mí ¡tristísimo!
Se me escaparon algunas lágrimas, pero me sentí ligera. Tan ligera que hasta consideré bajarme del camión y volar hasta mi casa. Pero quería dejarles el cielo libre, hoy, las nubes eran de esas mariposas rojas con polvo de tu nombre.
Me quedé sentada en el asiento de atrás, asomada por la ventana hasta que dejé de verlas. Hasta que se hicieron tan chiquitas que se confundieron con el polvo. Igual y siempre habían sido eso: polvo de abandono, de maleta olvidada abajo de la cama que sabe, nunca viajará. Me quedé sola con mi idea azul y brillosa. Le di la bienvenida y no puedo sino esperar que se sienta cómoda. Que no se vaya.
( … )
A la idea le gustó mi riñón pero de vez en cuando se acuesta en mi ombligo. Cada vez que la veo tirarse de panza en aquel orificio me aterro. Intento no moverme, quedarme lo más quietecita posible, no vaya a ser que se caiga, se pierda y ahora sí me quede vacía: sin mariposas rojas ni idea azul.
Se me escaparon algunas lágrimas, pero me sentí ligera. Tan ligera que hasta consideré bajarme del camión y volar hasta mi casa. Pero quería dejarles el cielo libre, hoy, las nubes eran de esas mariposas rojas con polvo de tu nombre.
Me quedé sentada en el asiento de atrás, asomada por la ventana hasta que dejé de verlas. Hasta que se hicieron tan chiquitas que se confundieron con el polvo. Igual y siempre habían sido eso: polvo de abandono, de maleta olvidada abajo de la cama que sabe, nunca viajará. Me quedé sola con mi idea azul y brillosa. Le di la bienvenida y no puedo sino esperar que se sienta cómoda. Que no se vaya.
( … )
A la idea le gustó mi riñón pero de vez en cuando se acuesta en mi ombligo. Cada vez que la veo tirarse de panza en aquel orificio me aterro. Intento no moverme, quedarme lo más quietecita posible, no vaya a ser que se caiga, se pierda y ahora sí me quede vacía: sin mariposas rojas ni idea azul.
lunes, 9 de mayo de 2011
Cicatrices y rodillas
Tus cicatrices quedaron en mis rodillas. Me caí como se caen las niñas que corren muy rápido para no perderse de nada. Esas niñas que persiguen a su hermano que al parecer huye de ella, pero no importa.
Mamá dice que no me puedo quedar sola.
Y entonces me caigo y me raspo las rodillas y lloro. Duelen más las rodillas que el miedo a quedarme sola y defraudarla. Mi hermano regresa a levantarme por miedo a que lo regañen, pero la marca está ahí: en mis rodillas (los ojos llorosos se pueden disimular).
Nuestra historia me llevo a mi infancia y me hizo llorar. Doliste en mis rodillas y no regresaste por mí.
Sé que, eventualmente, me levanto y vuelvo a correr, ahora en otra dirección (casi siempre a guardarme de las risas extrañas que provocan las caídas). Pero estas en mí, en mi nueva cicatriz de rodilla que recuerda que no es malo correr, mientras no corra para alcanzarte a ti.
Mamá dice que no me puedo quedar sola.
Y entonces me caigo y me raspo las rodillas y lloro. Duelen más las rodillas que el miedo a quedarme sola y defraudarla. Mi hermano regresa a levantarme por miedo a que lo regañen, pero la marca está ahí: en mis rodillas (los ojos llorosos se pueden disimular).
Nuestra historia me llevo a mi infancia y me hizo llorar. Doliste en mis rodillas y no regresaste por mí.
Sé que, eventualmente, me levanto y vuelvo a correr, ahora en otra dirección (casi siempre a guardarme de las risas extrañas que provocan las caídas). Pero estas en mí, en mi nueva cicatriz de rodilla que recuerda que no es malo correr, mientras no corra para alcanzarte a ti.
lunes, 7 de marzo de 2011
Jugaron a no irse
“Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.”
Jaime Sabines
Se juraron no dejarse. Él tomó su mano y ella la apretó tan fuerte que se fundieron hasta convertirse en una. Una mano que nunca se dejaría. Lo malo de estar tan cerca es que cuando ella quería meterse en una caja se encontraba con un cuerpo que no era suyo. Un cuerpo que no entendía la necesidad de meterse en una caja.
Se juraron no dejarse. Se abrazaron para no perderse y ella acabó sin norte pidiendo instrucciones para llegar al desierto. Pidiéndoselas a unos brazos que abrazaban un mar de mujer.
Se juraron no dejarse. Su boca besó su boca y en algún momento (no puedo decir cuál) sus bocas besaban aire. Un aire con forma de una sola boca que se encontraba con el sueño de la boca perfecta, la boca que nunca se debe de dejar. Boca de polvo, de aire, de una promesa no cumplida.
Se juraron no dejarse y apenas sintieron alas, volaron solos pero tocando la misma nube.
(Él juró no dejarla
y ella juró no dejarlo.
Ahora caminan solos
jurando que no se dejaron)
Jaime Sabines
Se juraron no dejarse. Él tomó su mano y ella la apretó tan fuerte que se fundieron hasta convertirse en una. Una mano que nunca se dejaría. Lo malo de estar tan cerca es que cuando ella quería meterse en una caja se encontraba con un cuerpo que no era suyo. Un cuerpo que no entendía la necesidad de meterse en una caja.
Se juraron no dejarse. Se abrazaron para no perderse y ella acabó sin norte pidiendo instrucciones para llegar al desierto. Pidiéndoselas a unos brazos que abrazaban un mar de mujer.
Se juraron no dejarse. Su boca besó su boca y en algún momento (no puedo decir cuál) sus bocas besaban aire. Un aire con forma de una sola boca que se encontraba con el sueño de la boca perfecta, la boca que nunca se debe de dejar. Boca de polvo, de aire, de una promesa no cumplida.
Se juraron no dejarse y apenas sintieron alas, volaron solos pero tocando la misma nube.
(Él juró no dejarla
y ella juró no dejarlo.
Ahora caminan solos
jurando que no se dejaron)
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de cosas que una cree que tiene que explicar,
para ti
lunes, 21 de febrero de 2011
De flores y floreros
Una flor cayó sobre mi cabeza y la rompió.
Su tallo ¡tan suave! taladró mi cráneo, convirtiéndome en el vil florero de una flor sin raíces.
Pero el daño no quedó ahí, el hoyo que la flor hizo, cuarteó mi cabeza hasta las orejas. Mi ojo derecho dejó de ver y el izquierdo sólo percibe sombras. De mi pelo mejor ni hablar.
¿La flor? Una gerbera roja que en vez de agua se nutre de recuerdos.
Es horrible ya no poder pasar desapercibida cuando camino por la calle; al parecer causa extrañeza que una mujer camine con una flor roja clavada en la cabeza. No me malinterpreten, la naturaleza puede hacer conmigo lo que quiera, lo que molesta es que la dichosa flor se burla de mí cada vez que encuentra una rosa marchita en mi memoria.
Su tallo ¡tan suave! taladró mi cráneo, convirtiéndome en el vil florero de una flor sin raíces.
Pero el daño no quedó ahí, el hoyo que la flor hizo, cuarteó mi cabeza hasta las orejas. Mi ojo derecho dejó de ver y el izquierdo sólo percibe sombras. De mi pelo mejor ni hablar.
¿La flor? Una gerbera roja que en vez de agua se nutre de recuerdos.
Es horrible ya no poder pasar desapercibida cuando camino por la calle; al parecer causa extrañeza que una mujer camine con una flor roja clavada en la cabeza. No me malinterpreten, la naturaleza puede hacer conmigo lo que quiera, lo que molesta es que la dichosa flor se burla de mí cada vez que encuentra una rosa marchita en mi memoria.
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domingo, 6 de febrero de 2011
(tú)
Me gustan los paréntesis; son como un respiro después de una frase muy larga, una frase que te deja sin aliento y cansada de subir las escaleras. El paréntesis es la sensación que te da llegar al piso cincuenta y saber que la vista será maravillosa. Pero no se puede vivir en un paréntesis toda la vida. No se puede vivir enamorada creyendo ingenuamente que tu historia avanza hacia adelante.
Fuiste mi paréntesis, contigo la vida era linda, me sentía segura y sonreía. Por eso dejé de moverme. Me quedé quietecita esperando que nadie recordara que como cualquier paréntesis tienes que cerrarte. ¡Qué cerrarte a ti fuera como cerrar los ojos! Pero no… claramente eres más difícil que parpadear, eres más como llorar.
Un paréntesis te revela un secreto que sólo se lo repetirás a tu hija. Un momento en que nada importa y por eso no importaba estar ahí: sintiendo magia y olvidando que volar sola también es bueno para el alma.
Mi paréntesis se cerró. Ahora yo cierro los ojos sabiendo que al abrirlos no me queda más que seguir con lo que ya había empezado: mi historia.
Fuiste mi paréntesis, contigo la vida era linda, me sentía segura y sonreía. Por eso dejé de moverme. Me quedé quietecita esperando que nadie recordara que como cualquier paréntesis tienes que cerrarte. ¡Qué cerrarte a ti fuera como cerrar los ojos! Pero no… claramente eres más difícil que parpadear, eres más como llorar.
Un paréntesis te revela un secreto que sólo se lo repetirás a tu hija. Un momento en que nada importa y por eso no importaba estar ahí: sintiendo magia y olvidando que volar sola también es bueno para el alma.
Mi paréntesis se cerró. Ahora yo cierro los ojos sabiendo que al abrirlos no me queda más que seguir con lo que ya había empezado: mi historia.
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