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miércoles, 8 de octubre de 2014

Olvidar el sonido de mi voz

Vivir en una casa tomada me parecía algo soportable comparado con la sensación de vivir en una casa callada en donde la ausencia de ruido hace que una empiece a extrañar. En una casa muda el aire se vuelve pesado, el silencio hiriente, la ausencia presente.

No podía creer que nadie se atreviera siquiera a pensar un sonido; el pensamiento hace un eco inconcebible para tanto silencio. Odiaba vivir así. Pero era un odio distinto al que normalmente se siente, un odio más a n c h o.

Estaba atrapada y ni siquiera podía pensar cómo escapar.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Tiempo de guardarse

Hace mucho tiempo que el cajón estaba vacío, la tetera apagada, los floreros sin flores; la ventana ya no se acordaba de cómo se sentía estar abierta, las cortinas habían olvidado que volar era posible y el gato extrañaba tener libros abiertos en páginas de historias increíbles que le servían de almohada. Ella –por un instante– pensó que el movimiento era eterno. Lo vio como una forma de vida, como una obligación hacia este mundo que nunca frena: abrir los ojos, correr, trabajar, salir, ver, reír, beber, contar, comprar, caminar, correr, besar, regresar, volver a empezar. Pero en otro instante –al ver una gota que se negó a caer de la rama de un árbol altísimo– se acordó: una siempre se puede quedar quieta, guardada en un cajón con una taza de té de no-me-olvides, un libro abierto, un gato en las piernas, la ventana abierta y flores en el florero.