(porque hay noches en las que hay que construir)
Empezar con limpiar lágrimas pasadas (hay una cubeta especial para eso que cabe perfectamente en lo más profundo del closet y se consigue es cualquier tlapalería).
Recorrer los cajones de la conciencia (normalmente están llenos de polvo de recuerdos: hay que quedarse sólo con los bonitos y uno o dos malos que recuerden el porqué hay que volverse a construir).
El siguiente paso es complicado pero con un poco de esfuerzo se puede lograr: hay que quitarse las plantas de los píes y sustituirlas por nuevas que estén dispuestas a encontrar nuevos caminos (quedarnos mucho tiempo con las mismas puede resultar en nuestra contra porque suelen hacerse de rutinas)
Inmediatamente después hay que sanar los raspones de las rodillas, ponerles un poco de crema y decirles dos que tres palabras lindas (hay que tener siempre a las rodillas contentas).
Después hay que vaciar el estomago de las mariposas muertas para dejar espacio a las nuevas. Jarabe para que la voz no esté ronca. Se recomienda comprar lentes (los hay es versión invisible) de perspectivas diferentes y el toque final es cepillar el cabello (un cabello cepillado siempre ayuda).
*El proceso nunca dura lo mismo; a veces toma una noche y a veces cincuenta. Lo que sí es que hablar con alguien (de preferencia de confianza) siempre ayuda a entender cuándo es importante empezar.
Mar
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lunes, 31 de enero de 2011
domingo, 20 de junio de 2010
De hilos que me inventan
Cosiéndome a mí misma los errores y el miedo. El algodón de relleno se salió en la última caída y es necesario prepararme para las siguientes. Duelen las agujas pero duele más que se caigan los botones
y se pierdan
para siempre.
Necesito aprender a dibujar para dejar de prescindir de los espejos. Dibujar mi realidad y los botones que no alcancé a salvar por el desgaste de mis días. Borrar las rodillas raspadas de aquella niña. La sangre escurrida como lágrimas que caen con todo y delineador. Escurren y no se ven en los dibujos pero mojan el papel y borran
letras
frases
puntos
y se pierdan
para siempre.
Necesito aprender a dibujar para dejar de prescindir de los espejos. Dibujar mi realidad y los botones que no alcancé a salvar por el desgaste de mis días. Borrar las rodillas raspadas de aquella niña. La sangre escurrida como lágrimas que caen con todo y delineador. Escurren y no se ven en los dibujos pero mojan el papel y borran
letras
frases
puntos
jueves, 30 de julio de 2009
¿Alas o raíces?
“En mi prisa por crecer, eche alas y raíces”
Ulalume Gónzales de León
Me la até a la cintura porque del cuello es más riesgoso. El otro extremo se lo dejé a un extraño extrañado por mi comportamiento de darle la cuerda (¡tan apreciada para algunos!) a él y no a una madre, un padre, un hermano, un amigo…
Era imposible saber qué tan profundo era el hoyo. Nunca escuché caer ninguno de los objetos que aventaba, pero si estiraba mi mano podía sentir el aire que está cerca del suelo. Aire más denso, aire negro, aire de hoyo.
Me aseguré de estar bien amarrada y antes de saltar vi los ojos de aquel extraño. Eran muy normales y me encantaron.
No sé porque las repentinas ganas de saltar.
(un suspiro)
Quizás por la locura, porque es normal o por la necesidad de saber de qué material estoy hecha. Si soy de alas o de raíces.
Saber si al caer podré volar e irme como las mariposas se van apenas salen del capullo (en cuyo caso la persona encargada de la cuerda tendría que amarrarla a un árbol y así yo podría regresar siempre…) o si al caer me fundiré con el hoyo, caeré hasta que la cuerda se acabe y entonces me jalarán para arriba y sabré que estoy en el lugar correcto.
Es importante saltar. Ayuda al destino.
Respiré; para saltar en hoyos siempre hay que respirar primero. Cerré los ojos aunque sabía que no hacía ninguna diferencia (en el hoyo no hay nada que ver).
Al despejar los pies del piso me sentí contenta, por un momento creí que flotaba en un mundo sin tiempo, sin paredes. Un mundo en donde un hoyo es el espacio más abierto, más lleno de aire…
No sé exactamente qué pasó… nunca salí volando del hoyo y la cuerda nunca se acabó. Al pasar los años, el extraño dejó la cuerdo, así, sin amarrar, y nadie se atrevió a moverla.
No caí y no salí. Y a cada paso que daba el extraño alejándose del hoyo se sentía menos extrañado.
Cuántos mundos existen escondidos en hoyos de aire y sin final…
Ulalume Gónzales de León
Me la até a la cintura porque del cuello es más riesgoso. El otro extremo se lo dejé a un extraño extrañado por mi comportamiento de darle la cuerda (¡tan apreciada para algunos!) a él y no a una madre, un padre, un hermano, un amigo…
Era imposible saber qué tan profundo era el hoyo. Nunca escuché caer ninguno de los objetos que aventaba, pero si estiraba mi mano podía sentir el aire que está cerca del suelo. Aire más denso, aire negro, aire de hoyo.
Me aseguré de estar bien amarrada y antes de saltar vi los ojos de aquel extraño. Eran muy normales y me encantaron.
No sé porque las repentinas ganas de saltar.
(un suspiro)
Quizás por la locura, porque es normal o por la necesidad de saber de qué material estoy hecha. Si soy de alas o de raíces.
Saber si al caer podré volar e irme como las mariposas se van apenas salen del capullo (en cuyo caso la persona encargada de la cuerda tendría que amarrarla a un árbol y así yo podría regresar siempre…) o si al caer me fundiré con el hoyo, caeré hasta que la cuerda se acabe y entonces me jalarán para arriba y sabré que estoy en el lugar correcto.
Es importante saltar. Ayuda al destino.
Respiré; para saltar en hoyos siempre hay que respirar primero. Cerré los ojos aunque sabía que no hacía ninguna diferencia (en el hoyo no hay nada que ver).
Al despejar los pies del piso me sentí contenta, por un momento creí que flotaba en un mundo sin tiempo, sin paredes. Un mundo en donde un hoyo es el espacio más abierto, más lleno de aire…
No sé exactamente qué pasó… nunca salí volando del hoyo y la cuerda nunca se acabó. Al pasar los años, el extraño dejó la cuerdo, así, sin amarrar, y nadie se atrevió a moverla.
No caí y no salí. Y a cada paso que daba el extraño alejándose del hoyo se sentía menos extrañado.
Cuántos mundos existen escondidos en hoyos de aire y sin final…
domingo, 12 de julio de 2009
En algún lugar de un charco
Un vestido de aire y un sombrero de encaje. Encajamiento de hilos, de agujas que confeccionan los zapatos, aquellos que me llevaban por caminos de hojas. Secos los ojos que hace mucho que no lloran, que no riegan el aire del vestido que día con hora se deshila y me deja sin barreras en un mundo de hojas secas, que caen
y caen
y caen
y caen, algunas, en mi cabeza con sombrero.
Sombrero de un encaje transparente ya de ideas y de un color que resalta la tristeza. Los zapatos son lo único que queda de un atuendo gastado por los años pero que resultan insuficientes si los charcos son tan hondos como mares…
y me hunden.
(Eso sí: un hilo del vestido se atoró en una rama y confio, ciegamente, en que durará hasta que yo llegué al final de aquel charco en donde sólo estoy yo y las hojas.
Entonces, y sólo entonces, podré coser aquel suspiro hacía arriba)
y caen
y caen
y caen, algunas, en mi cabeza con sombrero.
Sombrero de un encaje transparente ya de ideas y de un color que resalta la tristeza. Los zapatos son lo único que queda de un atuendo gastado por los años pero que resultan insuficientes si los charcos son tan hondos como mares…
y me hunden.
(Eso sí: un hilo del vestido se atoró en una rama y confio, ciegamente, en que durará hasta que yo llegué al final de aquel charco en donde sólo estoy yo y las hojas.
Entonces, y sólo entonces, podré coser aquel suspiro hacía arriba)
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