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jueves, 23 de febrero de 2012

Entre la silla y el techo

Querer escapar de lo gris, del polvo, de ti, de él, de todo.
Querer irme y entender, de una vez por todas, que no tengo alas.
Al menos no de esas que te llevan a lugares altos (tan altos, que te esconden de todos los que sólo pueden ver hasta la punta de su nariz). En mi espalda no existe eso. En su lugar hay dos cosas, que pueden o no, ser llamadas plumas. No me llevan lejos, a lo mucho al techo y ese no es un buen lugar para esconderse; La gente te ve raro y las lágrimas caen tan cerca del sentimiento que las acompaña, que sólo un idiota las confundiría con lluvia.

viernes, 3 de febrero de 2012

Vestida de encaje

Ella se levantó y supo inmediatamente que se había convertido en un fantasma. Ya no se acordaba de su nombre, de su rostro y menos de sus pestañas. Había perdido totalmente la capacidad de reconocerse en una multitud y cada vez que intentaba encontrarse en el espejo, sentía unas ganas inmensas de llorar.

Supongo que no causó sorpresa que se convirtiera en un fantasma. Ella nunca fue de las que ejercen peso en el mundo y menos de las que hablan alto. Esa siempre fue la razón principal de sus despedidas.

Dicen que las cosas que valen la pena son las que tienen un peso: El cariño, los te quieros, el tan anhelado “Te amo” que cuando te cae encima es capaz de matarte. Pero ella no sabía de eso, ella sólo conocía la ligereza de sus lágrimas. Si llenaras una cubeta con aquellas gotas, sería la cubeta más ligera de la historia.

Ser ligera estaba en su esencia y esa es la clase de personas dignas de convertirse en fantasmas: Fantasmas de encaje, de besos fríos y de aire.

También se les conoce como Recuerdos.

martes, 17 de enero de 2012

De lunas

Las razones por las que no duermo ya cambiaron. Ya no tienen tu cara, tu nombre, tu apellido. No, ahora tienen un aroma que me recuerda la sonrisa de la abuela. Tienen alas (sí, las razones) que me llevan a otros mundos. Mundos llenos de fantasmas y de bichos rojos y brillantes.
Sigo sin dormir, eso es cierto pero las platicas a las tres de la mañana (a veces conmigo misma, a veces con los fantasmas y casi nunca con los bichos rojos y brillantes) son mucho más lindas, relajadas e interesantes; platicar con fantasmas siempre te da la sensación de ser ligero. Y ligero siempre es mejor, si lo que se busca es volar.

De mentiras que no hacen daño

Hoy pensé mucho en ti.

martes, 20 de diciembre de 2011

Aprender a volar

Lo primero es cerrar los ojos, apretarlos con fuerza, como si el hecho de tenerlos cerrados fuera el remedio a la realidad, al odio, al rechazo. Después hay que imaginarnos. Sí, a nosotras. Imaginarnos de chiquitas. Sonriendo. Justo en el momento de completa felicidad que se siente al ver las cortinas moviéndose por el viento o al escuchar a nuestra madre gritando groserías por quemarse con la sopa. Esas memorias siempre se olvidan y son esenciales en la vida etérea. Vida de nubes y del uso opcional de zapatos, ¡es que hay unos tan lindos que sería una lástima no poder usarlos! Después…

*Tengo que advertir que la vida de las mujeres que vuelan no es tan sencilla como se puede llegar a pensar, no es solamente recorrer el mundo entero, haciendo escalas en París. Tampoco me refiero a a las ganas de cruzar la atmosfera para intentar llegar a otros planetas ¡eso es sencillo! Se aprende en los primeros meses. No, no, lo complicado radica en los fantasmas. Ellos también vuelan. El problema es que son ciegos y nosotras despistadas. Pensando en el camino para llegar a Tokio y en lo lindo que es el color del cielo a las 5:34 de la tarde, podemos chocar con uno y eso es terrible. No solamente el dolor es casi inaguantable, sino que las ganas se mueven y el veneno de los fantasmas (que no sacan por malos, sino en defensa del golpe recibido) puede ocasionar que recordemos el porqué quisimos, inicialmente, aprender a volar. Siempre es por algún amor fallido, exceso de lágrimas y ganas de huir.

Ahora sí, si conociendo esto, decides que aún quieres unirte al club de mujeres etéreas, después de imaginar, tienes que saltar.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Amanecí extraña

En lugar de mis pies sólo distinguía el recuerdo de una guerra a muerte. Una guerra sin sentido en donde mi calcetín izquierdo resultó herido. Nueve de mis dedos eran besos y uno ¡despistado! seguía siendo un dedo. Mis piernas ya no eran piernas sino la idea de tus manos sobre ellas. Más arriba no había nada. Sólo dos o tres lágrimas perdidas en busca de un mejor clima.
Mi estomago vacío. Daba una sensación parecida a la que se siente cuando se muere la abuela: un hoyo. Mis senos apenas se lograban percibir, era un asunto de niebla (como la que me esconde de ti cuando no quiero que me encuentres). Mis hombros se convirtieron en aquel masaje que acabó en cosquillas y de mis codos sólo quedó lo áspero. Pero no fue hasta que vi el lugar en donde debía estar mi mano izquierda que me invadió el hartazgo del recuerdo. Había una mano, eso no lo puedo negar, pero una mano distinta, más grande que la mía. Una mano increíblemente más dañina: la tuya.
El espectáculo de mi mano derecha fue igual de triste; mis dedos buscaban nuestro trato y aunque no tuvieran lágrimas yo sé que lloraban, no dos, ni tres… sino lloraban.
Sentí miedo. Terror de verme en el espejo y comprobar que de mis ojos sólo quedaba el recuerdo de un mar y de mis labios sólo las ganas de nadar. Pero me consoló ver mi pelo largo, un poco más rubio y con la trenza que sé…
odiabas.

viernes, 7 de octubre de 2011

De cosas que no están en su lugar…

A veces es el aire
el que desacomoda las cosas: las cortinas, el cabello, los árboles. Incluso las cenizas tan correctamente colocadas en el cenicero.
A veces son los suspiros, a veces es la muerte, a veces el amor, las lágrimas, los recuerdos…
¡Cualquier cosa puede desacomodar el alma!
Incluso un parpadeo.


El cambio fue imperceptible; ni ella, ni su hermano, ni su madre se dieron cuenta en el momento. Fue hasta unos meses después cuando empezaron a notar que algo no estaba en su lugar. Su cama siempre estaba destendida y con las sábanas tiradas, las cortinas colgadas al revés (es decir, del lado de la calle), los zapatos de tacón empolvados y guardados en el cajón de calcetines, el maquillaje, las cremas… ¡todo parecía abandonado! Pero lo más alarmante fue la sonrisa, ella sonreía todo el tiempo: una sonrisa triste y de ojos húmedos.
Su madre fue la primera en diagnosticar: el alma de su hija no estaba en su lugar. “Chueca” fue la palabra para explicar el no tan raro suceso a la abuela y a los amigos que todavía quedaban.

-¡Cuidado con el aire! Les gritaban - Enchueca.

Y poco a poco, todos se guardaron en sus casas a rezar para que nunca se les enchuecara el alma. ¡Qué tragedia la de ella! Pero era de ella, no de ellos…

…

La única que no entendía con exactitud el concepto del alma-chueca era yo. Me despertaba como todos los días, tomaba el camión, leía, iba al trabajo… incluso me bañaba diario. No entendía la necesidad de los psicólogos, de las medicinas y definitivamente no comprendía el porqué de las miradas de asombro y lastima.
Sucedió cuando estaba desnuda y saliendo de la regadera me encontré de frente con la respuesta. Vi mi sonrisa en el espejo y por un fragmento de segundo, comprendí la desgracia de tener el alma chueca.