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viernes, 9 de diciembre de 2011

Amanecí extraña

En lugar de mis pies sólo distinguía el recuerdo de una guerra a muerte. Una guerra sin sentido en donde mi calcetín izquierdo resultó herido. Nueve de mis dedos eran besos y uno ¡despistado! seguía siendo un dedo. Mis piernas ya no eran piernas sino la idea de tus manos sobre ellas. Más arriba no había nada. Sólo dos o tres lágrimas perdidas en busca de un mejor clima.
Mi estomago vacío. Daba una sensación parecida a la que se siente cuando se muere la abuela: un hoyo. Mis senos apenas se lograban percibir, era un asunto de niebla (como la que me esconde de ti cuando no quiero que me encuentres). Mis hombros se convirtieron en aquel masaje que acabó en cosquillas y de mis codos sólo quedó lo áspero. Pero no fue hasta que vi el lugar en donde debía estar mi mano izquierda que me invadió el hartazgo del recuerdo. Había una mano, eso no lo puedo negar, pero una mano distinta, más grande que la mía. Una mano increíblemente más dañina: la tuya.
El espectáculo de mi mano derecha fue igual de triste; mis dedos buscaban nuestro trato y aunque no tuvieran lágrimas yo sé que lloraban, no dos, ni tres… sino lloraban.
Sentí miedo. Terror de verme en el espejo y comprobar que de mis ojos sólo quedaba el recuerdo de un mar y de mis labios sólo las ganas de nadar. Pero me consoló ver mi pelo largo, un poco más rubio y con la trenza que sé…
odiabas.

3 comentarios:

  1. "Al final solo fueron dos latidos unidos por el ritmo de una canción..." :)

    Me gustó muchísimo, me recomendó tu blog tu prima Ana y se lo agradezco un buen.

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